Hoy no ando rebosante de energía, así que mucho me temo que la entrada de hoy será más breve que la de ayer.
Flogging Molly nos ha despertado media hora antes que ayer y para la estación que nos hemos ido, para ponernos de camino a Brujas, una de las ciudades más famosas de estas tierras.
El trayecto no ha sido nada del otro mundo. Hoy no ha habido espectáculo de traducción y nos hemos zampado un paquete de galletas esperando el tren. Una vez dentro de éste me disponía yo a dormir tan ricamente todo el trayecto cuando han entrado en tropel un regimiento de amazonas vascas e hijas que entre "quítate la chamarra" y demás gritos de guerra me han hecho encender la música para poder conciliar algo el sueño.
Por fin nos hemos bajado en Brujas. Yo siempre había escuchado que era muy, muy pequeñita y que se veía enseguida, pero lo cierto es que es una ciudad preciosa, que bien merece pasar allí si no todo el día, gran parte de él.
Para empezar se han ganado mis respetos incluyendo en la estación escaleras de bajada (sísísí, sé que a estas alturas parecía imposible, pero es verdad) e incluso ascensores en la estación.
Al salir de la estación hemos descubierto que pasaba por allí una vuelta ciclista y que íbamos a tener oportunidad de sacar las gafas de sol, como buenos turistas que somos.
Entrar en la parte antigua de la ciudad ha sido como trasladarse algunos siglos hacia atrás, obviando, claro, las tiendas, los coches, etc. Está toda llena de casitas de estilo medieval, muchas de ellas con detallitos, escuditos, veletas,... algo distinto en cada esquina.
Hemos visto la ciudad de arriba a abajo, y hemos oído tocar un carillón, del que han salido perlas como las canciones "Que viva España" y como quiera que se llame la original de "yo soy español, español, español". Ciertamente, podríamos haber retrocedido siglos, pero se respiraba ambiente español por los cuatro costados.
Nuevamente no nos hemos podido resistir a las delicias del chocolate belga, y el viaje de vuelta en tren lo hemos pasado comiendo semejante manjar (sin amazonas esta vez).
A última hora de la tarde, de vuelta en Bruselas, hemos estado por una parte que llaman la zona de los museos, donde están todos allí recogidos, incluyendo un museo del libro junto a la Biblioteca Real.
Para terminar el día, una hamburguesa y un viaje en metro para llegar al hotel. De nuevo nos ha sorprendido el ingenio belga, ya que las máquinas no aceptan billetes y casi que las monedas de un euro tampoco, así que hemos tenido que tirar de calderilla para pagar los 13 euros que cuesta un bono de diez viajes. El metro tampoco es ninguna maravilla, y los ingenieros decidieron que sería una buena idea hacer dos líneas con el mismo recorrido (sí señor, todo muy lógico).
Esta es nuestra aventura de hoy, buenas noches.
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